En la última década del siglo XIX, los vecinos de Benagalbón aún arrastraban las secuelas de la crisis económica provocada por la filoxera. A este doloroso acontecimiento se sumaba una lacra de características muy distintas, que mantenía al municipio y al país en un profundo oscurantismo. El desprecio por la cultura reflejaba una España más preocupada por predicar que por instruir. Este fragmento de un artículo periodístico abordaba las dificultades que afrontaban los maestros de la localidad, subrayando la marginación y la falta de compromiso por parte de la corporación municipal hacia el magisterio. En contraste, se ponía de manifiesto el apoyo incondicional a otras actividades, tanto festivas como religiosas. “Con toda seguridad el ayuntamiento de Benagalbón no habrá dejado ningún año de contribuir a las corridas de toros y fiestas religiosas celebradas en honor de algún piadoso santo”.




